Dicen que una madre lleva a su hijo nueve meses en el vientre y toda la vida en el corazón. Nadie mejor que su propio hijo para atestiguarlo.
Durante muchos años pensé que conocía perfectamente a mi madre. Después de todo, fue ella quien me vio nacer, quien me educó, quien estuvo presente en cada una de las etapas importantes de mi vida. Sin embargo, ha sido apenas ahora, después de su partida, cuando he comenzado a descubrir que detrás de la mujer que siempre llamé “mamá” existía una persona mucho más compleja de lo que jamás imaginé. Quizá eso nos sucede a todos. Pasamos la infancia creyendo que nuestros padres siempre fueron padres, hasta que un día entendemos que antes de nosotros fueron jóvenes, hicieron locuras, tuvieron miedo, se equivocaron, se enamoraron, guardaron rencores y volvieron a empezar una y otra vez.
Mi madre era una mujer llena de contrastes.
Cuando uno la veía ya de mayor, rezando o preocupándose por sus hijos y sus nietos, costaba trabajo imaginar que de joven había sido una muchacha capaz de sacar de quicio a mi abuelo escapándose con la palomilla para hacer “caballitos” en aquellas enormes Harley-Davidson que recorrían la Ciudad de México de los años cincuenta. También fue de las primeras jóvenes que se atrevieron a usar pantalones de cuero cuando aquello bastaba para escandalizar a más de una buena conciencia. Siempre me ha causado gracia pensar que esa misma mujer terminaría años después preocupándose porque alguno de nosotros saliera sin suéter en pleno invierno.
Y es que el frío era casi una obsesión para ella.
No necesitaba un termómetro para saber si alguien iba demasiado ligero de ropa. Le bastaba acercarse, tocarme la punta de la nariz con el dorso de la mano y dictar sentencia.
—“Gabrielo, tienes la nariz fría. Ve por un suéter.”
Nunca había posibilidad de discutir el diagnóstico. Si la nariz estaba fría, había que ponerse un suéter.
Ella misma era tremendamente friolenta. Cuando no encontraba la manera de calentarse decía que tenía los pies “helados como pata de muerto”, una expresión que lo mismo aplicaba si la sopa no estaba suficientemente caliente que si se le antojaba una bebida bien fría. Eran esas frases, repetidas durante tantos años, las que terminaban formando el lenguaje secreto de una familia.
En casa la fe nunca fue una obligación. Era simplemente parte de la vida cotidiana. Cada vez que salíamos de vacaciones rumbo a Acapulco, cuando todavía no existía la Autopista del Sol y el viaje comenzaba a las tres o cuatro de la mañana, mi padre acomodaba las maletas en la cajuela de nuestro Maverick azul de 1972 con una habilidad que hasta hoy sigo sin explicarme. Yo estaba convencido de que aquel coche tenía una cajuela mucho más grande por dentro que por fuera.
Tomábamos carretera y, al llegar a la curva de La Pera, mi madre apagaba la música. Rezábamos un Padre Nuestro, un Ave María y oras tantas oraciones que se pierden en mi memoria. Pero antes de volver a encender el radio, cerraba siempre con la misma frase:
“Ánimas benditas del Santo Purgatorio, ustedes al frente, a los lados y atrás cuiden y velen nuestro camino.”
Era imposible comenzar un viaje sin aquella oración.
Curiosamente, la misma mujer que tenía una fe inquebrantable era capaz de esconderse en un clóset cuando había que ponerle una inyección. Siempre me hizo gracia esa contradicción. Siendo hija de un médico, uno imaginaría que estaba acostumbrada a las agujas. Era exactamente lo contrario. Les tenía auténtico pavor. Lo mismo ocurría con las arañas. Una pequeña arañita podía ponerla al borde del desmayo y ni hablar de una tarántula, aunque apareciera únicamente en la televisión. Los temblores eran otra historia. Bastaba el más ligero movimiento para verla quedarse inmóvil repitiendo: “Sagrado Corazón de Jesús. Virgen Santísima de Guadalupe”. Recuerdo una anécdota que me contara mi padre en que aseguró haber sentido un temblor tan pequeño que nadie le creyó. Mi padre terminó llamando al Sismológico Nacional y, para sorpresa de todos, efectivamente había temblado.
Muchas veces se dice que una madre sacrifica todo por sus hijos. En el caso de la mía, esa frase no era un lugar común. Era una forma de vivir. Cuando mi padre murió todavía era relativamente joven y la vida volvió a ponerla frente a uno de esos caminos que nadie escoge recorrer. Después de un intento fallido por sacar adelante un negocio, decidió aprender computación desde cero, algo nada sencillo para una mujer de su generación. Terminó convirtiéndose en traductora de textos médicos del inglés al español y volvió a empezar. Varias veces la escuché quejarse de la suerte que le había tocado pero, a pesar de todo, simplemente hizo lo que tenía que hacer.
Gran parte de mi infancia transcurrió en la Nevería Roxy. Mis hermanos me llevaban ocho y nueve años de diferencia y muchos fines de semana ya tenían planes propios, mientras mis padres trabajaban en el negocio familiar. Como no había quién me cuidara, terminaba acompañándolos. Pasaba horas dibujando en alguna de las mesas y, cuando el aburrimiento me vencía, ayudaba a levantar platos y vasos sucios.
Cuando llegaba la hora de la comida, mi madre se metía a la cocina donde se elaboraban las nieves y preparaba tortas de jamón para todos. No sólo para nosotros. También para los empleados. Los días de más trabajo,y que recuerdo eran más de los que quisiera aceptar, aparecían los inevitables pollos rostizados que alimentaban a media Nevería. Sospecho que ésa es la verdadera razón por la que terminé odiando los pollos rostizados.
En ese momento nunca pensé que aquellas escenas tuvieran algo de extraordinario. Eran simplemente parte de la vida diaria. Hoy entiendo que también así se construye un hogar: preparando comida para quien todavía no ha tenido tiempo de sentarse a comer.
Mi madre no era una mujer perfecta. De hecho, podía llegar a ser desesperadamente insistente. Si quería que hiciéramos algo era capaz de repetirlo una y otra vez hasta que alguien terminara por hacerlo. Muchas veces sacó de sus casillas a mi padre. Y si alguno respondía de mala gana, entonces llegaba la amenaza que cualquier hijo recuerda perfectamente:
—“Vuélveme a hablar así y te voy a dar un bofetón que vas a ir a recoger los dientes al camellón de enfrente.”
Nunca supe si alguna vez habría cumplido semejante promesa, porque ninguno tuvo el valor de averiguarlo.
También podía guardar resentimientos durante mucho tiempo. No era una mujer que olvidara fácilmente las ofensas. Con los años descubrí que de ella heredé más cosas de las que hubiera querido o imaginado: las migrañas, las fobias a las agujas y las arañas (de hecho toda cosa con más de 4 patas me causa repulsión) y, probablemente, una memoria demasiado buena para recordar ciertos agravios.
Pero sería injusto quedarse sólo con eso.
Cuando quería, tenía un sentido del humor extraordinario. En las reuniones familiares todavía recuerdo a mi abuelo y a mi madre cantando a todo pulmón El Huevo de Colón, muertos de risa mientras el resto de la familia terminábamos contagiados por aquella escena absurda. O la vergüenza infinita que le provocaba ver a mi padre usando aquella vieja gorra de pescador con la visera doblada hacia arriba, su “gorra viajera” como le decía, convencido de que era el colmo de la elegancia.
Uno de los recuerdos que más me hacen sonreír ocurrió una tarde cualquiera jugando Marathón. Mi madre y yo discutíamos apasionadamente una respuesta. Cada uno estaba convencido de tener la razón. En eso apareció mi padre, el Hombre de las Nieves. Ni siquiera iba a jugar con nosotros; entró al cuarto buscando quién sabe qué, escuchó apenas unos segundos nuestra discusión y, sin detener el paso, dijo la respuesta como quien comenta el estado del tiempo. Mi madre y yo nos quedamos callados. Abrimos la tarjeta… y había acertado. Nunca supe qué me impresionó más: la cultura general de mi padre o la expresión de derrota compartida entre mi madre y yo.
Con los años también entendí que amar no siempre significa pensar igual. Cuando rehice mi vida y me casé con Ana, las cosas no fueron fáciles. Mi madre tenía sus reservas y mi esposa también las percibía. Tiempo después, en una conversación que nunca olvidé, mi madre me dijo algo que terminó haciéndome comprender muchas cosas. Me confesó que había entendido que debía aceptar a Ana porque, si la rechazaba, corría el riesgo de perder un hijo. No me dijo que hubiera cambiado de opinión. Me dijo algo mucho más importante: había decidido qué era lo que más le importaba.
Hace algún tiempo Dios nos concedió un regalo inmenso. Pude despedirme de ella cuando todavía conservaba plena lucidez. Le dije todo lo que necesitaba decirle. Le di las gracias. Le aseguré que podía descansar tranquila porque nada me debía. Que, al contrario, era yo quien quedaba en deuda con ella. Le prometí que saldría adelante cuando ya no estuviera y le pedí que no se preocupara por mí.
Hoy doy gracias por aquella conversación.
Cuando nací apenas pesaba dos kilos y medio. Ni siquiera tenía completas las uñas de los dedos. Mi madre contaba que, al llegar del hospital, lloró al tener que bañarme por primera vez porque le daba miedo romperme. Decía que parecía un pingüinito. Desde entonces me llamó así, “Pingüino”. Nunca dejó de hacerlo, aunque yo ya peinara canas.
Hoy entiendo que ese apodo decía mucho más de ella que de mí.
Mi madre nunca fue una santa. Tampoco una heroína. Fue una mujer llena de virtudes y defectos, de miedos y de coraje, de sentido del humor y de terquedad. Podía desesperarnos con la misma facilidad con la que era capaz de hacernos sentir protegidos. Fue hija, esposa, madre, abuela, viuda, traductora, creyente, aventurera y, sobre todo, una mujer que jamás dejó de poner a su familia por delante de sí misma.
Hay personas cuya ausencia deja silencio. Otras dejan recuerdos. Mi madre dejó algo distinto: pequeñas costumbres que siguen apareciendo cuando menos lo espero. Hay mañanas frías en las que, casi sin darme cuenta, me toco la punta de la nariz. Y durante un instante vuelvo a escuchar aquella voz que me ha acompañado desde niño.
“Pingüino… ve por un suéter.”
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