La promoción turística atraviesa una de las crisis de identidad más extrañas de los últimos años. Y no, no tiene que ver con la falta de playas hermosas, pueblos mágicos o buena gastronomía. México sigue teniendo todo eso y mucho más. El problema es otro: hemos comenzado a confundir la promoción de un destino con la promoción personal de quienes deberían trabajar para él.
Y sí, basta abrir Instagram para darse cuenta.
Durante décadas, los destinos turísticos más exitosos del mundo entendieron algo fundamental: el viajero no compra cuerpos, poses ni filtros. Compra experiencias. Compra emociones. Compra historias que quiere vivir por sí mismo.
Sin embargo, en tiempos donde las redes sociales parecen dictar la conversación pública, algunas oficinas de turismo han comenzado a operar bajo una lógica peligrosamente superficial: mientras más seguidores, más promoción; mientras más exposición personal, mejor posicionamiento del destino.
Spoiler alert: no funciona así.
La promoción turística nunca se trató de protagonismo
Existe una diferencia enorme entre ser imagen de una campaña y convertir toda una estrategia turística en un ejercicio de culto a la personalidad.
Los destinos verdaderamente exitosos entienden que el turismo es un ecosistema. Un visitante no llega únicamente por una fotografía bonita en redes sociales. Llega porque existe conectividad aérea, oferta gastronómica, infraestructura, seguridad, experiencias auténticas y una narrativa coherente de destino.
Quien viaja a Oaxaca no lo hace solamente por una influencer tomándose fotos frente a una pared colorida. Viaja por su cocina, por su historia, por sus mercados, por sus tradiciones y por esa sensación de descubrir un México profundamente vivo.
Lo mismo ocurre con lugares como Puerto Vallarta, San Miguel de Allende o la Riviera Maya. Ninguno se convirtió en referente internacional porque alguien decidió posar frente al mar. Detrás existe trabajo de relaciones públicas, alianzas comerciales, promoción internacional, ferias turísticas, generación de producto y años enteros construyendo reputación.
Eso es promoción turística. Lo demás suele ser ruido digital.
El gran problema del turismo moderno: creer que todo debe verse bien en Instagram
Las redes sociales cambiaron la manera de viajar. Eso es innegable.
Hoy elegimos restaurantes por TikTok, reservamos hoteles por reels y descubrimos destinos gracias a videos virales. Pero una cosa es utilizar las plataformas digitales como herramienta de promoción, y otra muy distinta es reducir toda una estrategia turística a la estética personal de quien ocupa un cargo público.
Porque entonces el mensaje deja de ser:
“Ven a conocer este destino.”
Y se convierte en:
“Mírenme a mí.”
Ahí es donde comienza el problema.
En algunos casos, como el de la Dirección de Promoción Turística de Bahía de Banderas, el turismo institucional parece haber olvidado quién debería ser el protagonista real: el destino, sus comunidades y sus prestadores de servicios.
Mientras algunos funcionarios se obsesionan con acumular likes, miles de pequeños empresarios turísticos siguen enfrentando problemas reales:
- temporadas bajas cada vez más difíciles,
- falta de promoción internacional,
- ausencia de capacitación,
- poca diversificación de mercados,
- infraestructura insuficiente,
- y escasa vinculación con operadores turísticos globales.
Pero claro, esas cosas no generan tantos comentarios en Instagram.
La promoción turística verdadera ocurre lejos de la cámara
Hay algo fascinante —y profundamente injusto— en el trabajo turístico bien hecho: casi nunca se nota.
Nadie ve las negociaciones para abrir nuevas rutas aéreas. Nadie aplaude las reuniones con tour operadores internacionales. Muy pocas personas entienden el impacto de asistir a ferias como la FITUR o el Tianguis Turístico México.
Y sin embargo, ahí es donde se construyen los destinos competitivos.
La promoción turística real implica sentarse con aerolíneas, fortalecer cadenas productivas, diseñar campañas segmentadas y entender qué busca cada mercado.
No es lo mismo atraer turismo gastronómico que turismo de lujo. No se le habla igual a un viajero canadiense que a uno colombiano o alemán. Tampoco se vende igual una escapada romántica que una experiencia de aventura o bienestar.
Los destinos inteligentes comprenden eso.
Por eso sorprende tanto cuando algunas oficinas de turismo parecen actuar bajo la lógica de:
“Mientras más fotos personales suba, más promoción estoy haciendo.”
Si así funcionara el turismo, cualquier modelo con miles de seguidores sería automáticamente secretaria de turismo. Y evidentemente no es así.
El riesgo de convertir un destino en un accesorio personal
Cuando la promoción turística se centra excesivamente en una figura pública, el destino comienza a perder identidad propia.
Poco a poco, los restaurantes dejan de ser protagonistas. Los hoteles desaparecen de la conversación. Los artesanos quedan invisibles. Los guías turísticos dejan de existir en el relato oficial.
Todo gira alrededor de una sola persona.
Y eso resulta particularmente peligroso en lugares cuya riqueza depende justamente de la diversidad de experiencias.
Porque un destino no pertenece a quien ocupa temporalmente un cargo. Pertenece a toda la comunidad que vive del turismo:
- cocineros,
- meseros,
- pescadores,
- hoteleros,
- bartenders,
- guías,
- artesanos,
- fotógrafos,
- músicos,
- transportistas,
- y pequeños negocios familiares.
La promoción turística responsable entiende que su trabajo consiste en abrir oportunidades para todos ellos. No en convertirse en celebridad local.
El turismo no necesita perfección. Necesita autenticidad
Paradójicamente, los viajeros modernos ya ni siquiera buscan destinos perfectos. Buscan lugares auténticos.
Hoy un turista recuerda más una comida increíble en una fonda familiar que una sesión de fotos artificial. Valora más una conversación con un productor local que una campaña saturada de poses aspiracionales.
Por eso los destinos que realmente están conectando con nuevas generaciones son aquellos capaces de construir experiencias honestas.
Ahí están ejemplos como:
- la recuperación cultural de pueblos vinícolas en Baja California,
- el auge gastronómico de Oaxaca,
- el turismo comunitario en Yucatán,
- o la revalorización de mercados tradicionales en ciudades mexicanas.
Todos tienen algo en común: ponen a las personas y experiencias en el centro. No el ego de un funcionario.
Influencers sí… pero con estrategia
Ahora bien, tampoco se trata de demonizar las redes sociales o el marketing de influencers. Sería absurdo hacerlo.
Hoy muchos destinos colaboran exitosamente con creadores de contenido. Y algunos lo hacen extraordinariamente bien.
Pero existe una diferencia enorme entre utilizar influencers como parte de una estrategia integral y convertir la promoción institucional en un reality show personal.
Un influencer turístico profesional aporta alcance, narrativa visual y conexión emocional. Pero su trabajo debe estar alineado con objetivos claros:
- atraer nuevos mercados,
- posicionar experiencias específicas,
- fortalecer temporadas bajas,
- diversificar perfiles de viajeros,
- o aumentar estadías promedio.
Cuando no existe estrategia, las redes sociales terminan funcionando únicamente como escaparate de vanidad. Y el turismo merece mucho más que eso.
La promoción turística también es una responsabilidad pública
Hay algo que frecuentemente olvidamos: quienes dirigen áreas de turismo no representan solamente una marca. Representan economías completas.
Cada decisión impacta empleos, inversiones y percepción internacional. Por eso la promoción turística no puede improvisarse.
Destinos como Puerto Vallarta, San Miguel de Allende o Mérida entendieron desde hace años la importancia de construir identidad cultural sólida, fortalecer su oferta gastronómica y mantener relaciones constantes con medios especializados.
De hecho, organismos como la Organización Mundial del Turismo llevan años insistiendo en la importancia del turismo sostenible y la construcción de destinos centrados en las comunidades.
Incluso publicaciones especializadas como Skift o Travel Weekly analizan constantemente cómo los viajeros modernos valoran cada vez más la autenticidad por encima de la simple estética visual.
El turismo mundial está evolucionando. La pregunta es si algunas oficinas de turismo ya se enteraron.
El verdadero lujo de un destino está en lo que provoca
Al final, ningún viajero recuerda un destino solamente por las fotografías oficiales. Lo recuerda por lo que sintió ahí.
Por la sobremesa eterna en un restaurante junto al mar. Por ese mezcal compartido con desconocidos que terminaron siendo amigos. Por la música que sonaba en una plaza. Por el olor a pan recién hecho en un mercado local. Eso es lo que hace inolvidable a México.
Y precisamente por eso resulta tan frustrante ver cómo, en ocasiones, la conversación turística se reduce a likes, poses y estrategias personales disfrazadas de promoción institucional.
Porque México merece mucho más. Nuestros destinos merecen mucho más. Y quienes viven del turismo también.
La promoción turística debe volver a hablar del viajero
Quizá ese sea el mayor error de muchas campañas modernas: dejaron de hablar del viajero. Todo parece girar alrededor de quien comunica, no de quien viaja.
Pero el turismo siempre ha sido un puente emocional. Una invitación a descubrir culturas, sabores, paisajes e historias capaces de transformarnos.
Por eso la buena promoción turística nunca necesita gritar demasiado. Mucho menos convertir funcionarios en celebridades digitales.
Le basta con hacer bien su trabajo: construir experiencias, abrir oportunidades, fortalecer comunidades y recordarnos por qué seguimos enamorándonos de ciertos lugares.
Porque al final, un gran destino turístico no se construye frente al espejo. Se construye en las calles, en los restaurantes, en los hoteles, en los mercados y en la vida cotidiana de quienes lo hacen posible todos los días.
Y esa siempre será la mejor campaña de promoción imaginable.
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